La devoción por el cine de terror es una fuerza imparable que sigue reuniendo a multitudes frente a la gran pantalla, demostrando que el miedo es una experiencia que adoramos compartir. Buena prueba de ello es la reciente celebración desatada en el Alamo Drafthouse de Laredo. Allí, los seguidores de la mítica saga Scream se congregaron el pasado viernes 27 de febrero para rendir homenaje al trigésimo aniversario de la obra que redefinió el género de la mano de Wes Craven. El evento, orquestado por la Laredo Film Society en colaboración con Bratty Productions, sirvió de antesala inmejorable para la proyección de la recién estrenada Scream VII. Los asistentes cruzaban las puertas del cine siendo recibidos con bolsas de regalos y la inconfundible máscara de Father Death, preparados para invocar a su Ghostface interior antes de que se apagaran las luces.
Celebración, nostalgia y comunidad
Aquella cita fue mucho más que un simple encuentro de fanáticos sedientos de sangre ficticia. Miembros de la Laredo Film Society subieron al escenario para ofrecer una retrospectiva del género, trazando su evolución desde los años cuarenta hasta esa explosión noventera donde Craven cambió las reglas del juego. Andrea Ortiz, presidenta de la asociación, explicó que su objetivo es entrelazar la fiesta con la divulgación para entender la enorme huella que esta franquicia ha dejado en la historia del cine. Por su parte, Albert Guerra, conocido como The Brat Prince y motor de Bratty Productions, caldeó el ambiente con un concurso de gritos, trivial y un certamen de disfraces. Entre el público destacaba Jessica Rodríguez, una diseñadora gráfica local que clavó su caracterización de Sidney Prescott. Llevaba una chaqueta vaquera puramente noventera, el característico flequillo de Neve Campbell y, por supuesto, un teléfono inalámbrico del tamaño de un ladrillo. Era la imagen viva de una comunidad unida por el amor a los sustos.
El terror psicológico que sacude España
Mientras grandes franquicias llenan salas a base de nostalgia y cuchilladas, el terror contemporáneo encuentra caminos mucho más sutiles, asfixiantes y cotidianos para colarse en nuestras pesadillas. Y aquí es donde entra en juego La mesita del comedor, una cinta española que se aleja del slasher puro para adentrarse en la oscuridad del hogar. Dirigida por Caye Casas, quien ya apuntó maneras con Matar a Dios en 2017, esta obra modesta se rodó en un par de semanas con un presupuesto más bien escaso. Hoy, contra todo pronóstico, muchos la consideran la mejor película de terror del año.
Un fenómeno rescatado por Stephen King
La trayectoria comercial de la cinta es digna de un caso de estudio. Llegó a las salas de cine en 2023 y pasó completamente desapercibida, recaudando la paupérrima cifra de 15.000 euros. Sus galardones en prestigiosos festivales internacionales de cine fantástico, como el de Tallin o el Fantaspoa latinoamericano, quedaron sepultados bajo la maquinaria publicitaria de otros estrenos mucho más respaldados. Tuvo que suceder lo impensable. El mismísimo Stephen King lanzó un mensaje en redes sociales ensalzando sus virtudes para que el público despertara. Es esa eterna falta de autoestima ibérica, ese complejo tan nuestro que necesita la palmadita en la espalda de un estadounidense para valorar el talento local. Atentos a la jugada, en Filmin cazaron al vuelo la recomendación del maestro del terror y estrenaron la cinta en su plataforma. El resultado fue un éxito fulminante y la creación instantánea de una obra de culto.
Paternidad, sudor y costumbrismo extremo
El guion, firmado por Casas junto a Cristina Borobia —directora de arte que se estrena maravillosamente en la escritura de largometrajes—, disecciona a una pareja de urbanitas con profesiones liberales que ronda los cuarenta. Ella siente la presión biológica y el recordatorio vecinal de que se le pasa el arroz; él, bastante más inmaduro, prefiere posponer la llegada de los hijos. Lejos de introducciones suaves, la película arranca con un parto hiperrealista. La cámara se pega al rostro dolorido, sudoroso y animal de su protagonista, encarnada por Estefanía de los Santos junto a un brillante David Pareja. Es una apertura brutal que recuerda irremediablemente a la secuencia inicial de O Corno, de Jaione Camborda, ganadora en San Sebastián. Casas no necesita recurrir a la sangre explícita; le basta con atrapar la psicología de una mujer que, por fin, alcanza la maternidad.
A partir de ahí, la historia abraza un costumbrismo español hipertrofiado, bebiendo de los universos límite que tan bien han explorado Pedro Almodóvar o Álex de la Iglesia. A diferencia del enfoque naturalista o poético que directoras como Alauda Ruiz de Azúa y Pilar Palomero han utilizado para abordar la maternidad, aquí la paternidad se explora desde el terror absoluto. Los personajes son extremos. Ella se dibuja como una figura ultracontroladora y déspota; él es un hombre sin carácter, sumiso e infantil, atrapado en una relación tóxica que raya el maltrato psicológico. La chispa que detona la pesadilla es absurdamente brillante. Jesús decide reafirmar su mermada masculinidad comprando una mesita de comedor espantosa en contra de la voluntad de su mujer. Esa hortera pieza de mobiliario es su única trinchera en una guerra de sexos que sabe perdida. A través de esta premisa tan sencilla y dolorosamente realista, el cineasta estira un suspense visceral que te deja un mal cuerpo insoportable durante una hora. Enseña lo mínimo, pero destroza los nervios al máximo, demostrando que, a veces, el verdadero terror no lleva una máscara de Ghostface, sino que te espera en el salón de tu propia casa.